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| Caras sonrientes del personal de talleres. Momentos antes alguien había
contado lo que le había ocurido a su hijo cuando se fue a la “mili”. El
padre pidió al veterano redactor don Antonio Rubio, hombre de
reconocidas amistades militares, que procurara que su hijo hiciese la
“mili” en Sevilla. Don Antonio le contestó que no se precupara, que él
lo recomendaría. Así lo hizo y el soldado fue destinado como
submarinista a La Coruña. |
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En el centro de la primera fila aparece “Mister coma”. Así llamaban
cariñosamente a José Navarro Ruiz, minucioso corrector de erratas de
El Correo. Ganaba 240 pesetas diarias. Perdía vista. Entró con una
visión extraordinaria y ya había cambiado tres veces de gafas. En su
colección particular de gazapos figuran los siguientes: “La novia lucía
un bello traje de loca”, en vez de cola. “Ha llegado a nuestro puerto
un barco procedente de Cortegana” era Cartagena. Otro barco, que se
llamaba “Castillo Aulencia, traía carbones asturianos, pero en la
palabra carbones se desorientó una letra y no dio con su sitio.
“Solemnes cultos en la parroquia de…” Una t se ausentó de la frase y
se armó la de Dios. |
Don José Montoto
vivía en los altos de El Correo, en Albareda 17. Una tarde, Antonio Salud y dos compañeros subieron a la azotea del edificio y se
encontraron al director tomando el sol. No llegaron a saludarlo porque
estaba como su madre lo trajo al mundo. Ante tanta espontaneidad
corporal, los intrusos se acordaron de la creación del hombre, según
cuenta la Biblia, y regresaron a sus puestos de trabajo.
El día que Montoto se jubiló lucía un buen traje. Le pregunté cómo clasificaba a las personas y me dijo lo que sigue:
-En
tres apartados: Las que sonríen siempre y se enfadan muy poco; las que
se enfadan siempre y no se ríen nunca y, por último, las que no se
enfadan ni se ríen. Estas últimas ya son de cuidado.
-¿Y usted?
-Mi característica es el desenfado honrado.
Era
el 15 de octubre de 1967. Don José había dirigido El Correo 33 años
justos. Vivió jornadas de entusiasmo y jornadas de desánimo completo,
pero siempre enamorado de su oficio.
-¿El vocablo del que más desconfía?
-“Dicen…” Es la palabra más infundiosa y trapisondista.
-¿La expresión que menos le gusta?
-“El fiscal dio lectura a un documento de 22.000 palabras”. Lo importante no es contar palabras sino razones.
Dos
días después de esta breve conversación fue nombrado director en
funciones de El Correo un periodista de 35 años, de Aguadulce, llamado
Rafael González. Se había formado en la Escuela de Periodismo de la
Iglesia y había dirigido varias publicaciones de Acción Católica. Era
hijo de un guardia civil. El padre de José Maria Javierre también lo
fue. Un periódico de la tarde, el “Pueblo”, publicó que González sería
el revulsivo de la prensa sevillana de la mañana, a la que calificaba
de un poco decimonónica, excluyente, inmovilista y servidora de viejas
aspiraciones.
Llevaba en el cargo González un año y dos meses cuando
El Correo fue multado con 50.000 pesetas por publicar una entrevista
con el ex catedrático de la Universidad de Sevilla Agustín García
Calvo. Según el Tribunal Supremo en la entrevista se atacaba los
principios fundamentales del Régimen e incluso del Estado.
El Consejo de Administración del periódico comenzó a preocuparse.