viernes, 1 de noviembre de 2013

“Esto no está pagado con nada”

¿En qué estará
pensando el gato?
Comenté a don Eduardo Chao que el día que conocí al jefe de los jardineros del cementerio de Sevilla me contó que tardó mucho tiempo en descubrir a sus hijos y a sus amistades su profesión. Sólo les decía que su vida transcurría de jardín en jardín.
-Yo hago todo lo contrario. Invito a mis amistades a que vean estas instalaciones, a las que no les falta hilo musical. Por cierto que el día  que las visitó un amigo mío, que es de Jerez, se  le ocurrió decir delante de los operarios: “esto no está pagado con nada”. Poco tiempo después  tuve que subirles el sueldo.
Don Eduardo se refería a su gran negocio de ataúdes.
-¿Ha elegido ya el modelo de féretro para usted?
-En absoluto. Tengo tanto respeto y tanto miedo a la muerte como cualquiera. Y ganas de morirme, ninguna.
-¿A qué se dedicaba su padre?
-A lo mismo que yo. Recuerdo que sus trabajadores, en la época de verano, dormían la siesta dentro de los ataúdes que tenían en la fábrica.
-¿En dónde?
-En Galicia.
-Pues en Sevilla, según me contó el doctor Miguel Ángel Yañez Polo, existieron los llamados agentes fúnebres que se reunían en el Patio de los Naranjos, donde ofrecían casas solariegas para velatorios. Y también había fotógrafos de muertos. El primero fue Luís León Massón. Le fue tan bien el negocio que trasladó su estudio de la calle Escobas a la de Sierpes. Cuando lo llamaban acudía a la casa del finado con carmín para untárselo en labios y mejillas, glicerina para dar brillo a los ojos y pegamento para dejarlos abiertos. Al fijarme en la cara de don Eduardo, abrevié lo que pensaba contarle:
-El doctor también me dijo que la foto se hacía con luz solar en la azotea de la vivienda. Y si no estaba muy rígido el difunto se le sentaba en una silla.