El padre José María Martín Patino tenía
treinta y cinco años cuando recibió en Comillas una carta de Oviedo. La
firmaba el arzobispo Vicente Enrique y Tarancón. Le comunicaba que era
un seguidor de los artículos que escribía en la revista “Sal terrae” y
que deseaba hablar con él pues podrían colaborar juntos. Le expresaba
también que tenía la impresión de que coincidían en bastantes cosas.
El padre Martín Patino se trasladó a Oviedo para ver al arzobispo. Durante el viaje se preguntó “¿cómo debo tratar a este hombre?” “¿de excelencia?” “¿de ilustrísima?”
Cuando entró en el despacho del prelado le encajó: “¿cómo está su excelencia?” El arzobispo miró debajo de su mesa y de las sillas y dijo a su joven visitante: “Aquí no hay ninguna excelencia que yo sepa. Creo que podemos hablarnos de usted”. El padre Martín Patino respondió: “usted puede hablarme de tú”. Tarancón le confesó:”yo respeto mucho a los religiosos y además soy tímido. Prefiero hablarle de usted”.
El padre Martín Patino se trasladó a Oviedo para ver al arzobispo. Durante el viaje se preguntó “¿cómo debo tratar a este hombre?” “¿de excelencia?” “¿de ilustrísima?”
Cuando entró en el despacho del prelado le encajó: “¿cómo está su excelencia?” El arzobispo miró debajo de su mesa y de las sillas y dijo a su joven visitante: “Aquí no hay ninguna excelencia que yo sepa. Creo que podemos hablarnos de usted”. El padre Martín Patino respondió: “usted puede hablarme de tú”. Tarancón le confesó:”yo respeto mucho a los religiosos y además soy tímido. Prefiero hablarle de usted”.
