La Nada, o el
vacío para los amigos íntimos, pasa los fines de semana leyendo en su
biblioteca y tomando té con piñones flotando en el aroma. Los lunes,
por la tarde, acostumbra a comprar las últimas novedades editoriales de
misterio en la librería de su barrio.
Ayer no tenía muchas ganas de arreglarse. Después de la ducha sólo se puso un traje muy ceñido de rosas de su jardín que estaban recién cortadas y se dirigió en su coche hacia donde siempre. Al bajarse del automóvil procuró que ninguna rosa atentase contra su pudor para que los mirones de siempre no explorasen en los movimientos líricos de sus piernas. Había aparcado cerca de su escaparate favorito, lleno de libros. Se detuvo, leyó los títulos expuestos y no vio el que quería comprar. Entristecida decidió pasar unos minutos en la librería. Al entrar en el establecimiento pisó algo extraño y resbaló. Las vocales e interjecciones que había derramadas en el suelo se le clavaron casi en todo el cuerpo.
Ayer no tenía muchas ganas de arreglarse. Después de la ducha sólo se puso un traje muy ceñido de rosas de su jardín que estaban recién cortadas y se dirigió en su coche hacia donde siempre. Al bajarse del automóvil procuró que ninguna rosa atentase contra su pudor para que los mirones de siempre no explorasen en los movimientos líricos de sus piernas. Había aparcado cerca de su escaparate favorito, lleno de libros. Se detuvo, leyó los títulos expuestos y no vio el que quería comprar. Entristecida decidió pasar unos minutos en la librería. Al entrar en el establecimiento pisó algo extraño y resbaló. Las vocales e interjecciones que había derramadas en el suelo se le clavaron casi en todo el cuerpo.
