Abrió el cadáver. Lo estudió. Miró el reloj. Faltaba una hora para
asistir al banquete, al que había sido invitado. Sin saber por qué, se
acordó de dos profesores que para él eran modelos de honestidad:
-De don José Domínguez Martínez aprendí el espíritu de autocrítica para cuidar lo que se escribe en los informes periciales. Don Cesáreo Ramos me enseñó a no ser un forense señorito, sino un forense que de verdad realiza personalmente el trabajo.
El profesor Frontela dirigía entonces el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de la Universidad de Sevilla. El estar, profesionalmente, con muertos no le robaba alegría. Pensaba que una autopsia es un trabajo como otro cualquiera y, por lo tanto, no tenía inconveniente en acudir a un ágape, que también es una obligación social.
Uno de los pocos placeres que se permitía este catedrático de Medicina Legal era el de la comida.
-¿Carne o pescado?, le preguntó el camarero.
-Pescado, respondió
En voz baja comentó al compañero de mesa más cercano: No me agrada la carne casi cruda, como dicen que hay que tomarla. Cuando no tengo más remedio que comerla, prefiero que esté muy pasada. Después le habló de sus frecuentes viajes a Londres y a Nueva York, lugares donde intercambiaba experiencias con Scotland Yark y el FBI, sobre criminalística e investigación criminal.
-De don José Domínguez Martínez aprendí el espíritu de autocrítica para cuidar lo que se escribe en los informes periciales. Don Cesáreo Ramos me enseñó a no ser un forense señorito, sino un forense que de verdad realiza personalmente el trabajo.
El profesor Frontela dirigía entonces el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de la Universidad de Sevilla. El estar, profesionalmente, con muertos no le robaba alegría. Pensaba que una autopsia es un trabajo como otro cualquiera y, por lo tanto, no tenía inconveniente en acudir a un ágape, que también es una obligación social.
Uno de los pocos placeres que se permitía este catedrático de Medicina Legal era el de la comida.
-¿Carne o pescado?, le preguntó el camarero.
-Pescado, respondió
En voz baja comentó al compañero de mesa más cercano: No me agrada la carne casi cruda, como dicen que hay que tomarla. Cuando no tengo más remedio que comerla, prefiero que esté muy pasada. Después le habló de sus frecuentes viajes a Londres y a Nueva York, lugares donde intercambiaba experiencias con Scotland Yark y el FBI, sobre criminalística e investigación criminal.

