El doctor Enrique López Romasanta dijo a su esposa, Antonia Herrero:
-A la muerte no hay forma de vencerla. El único modo de superarla en vida es pensar: “Yo me voy. Pero ahí quedan nueve prolongaciones mías”.
El matrimonio tenía nueve hijos.
El tema de la muerte surgió porque ella dijo al marido:
-Por favor, aunque estás sano, no comas tanto. Trabaja menos. Cuídate, porque figúrate en el plan que me dejas a mí.
Él le respondió:
-El día que yo me ponga malo, no me lleves a ningún lado. Me dejas en la cama, me dejas que me vuelva a la pared y me muera.
López Romasanta, había aprendido, como André Malraux, que una vida no vale nada, pero que nada vale una vida.
En ocasiones, cuando su esposa hacía la declaración de la renta, le comentaba:
-Me voy a morir con la pena de que no me hayas hecho nunca un presupuesto de lo que gastamos.
Ella, que administraba el dinero por deseo del marido, le contestaba que no se lo podía hacer porque era un asunto imprevisible. No cobraba a los enfermos pobres y, como no conducía, al ser usuario habitual de taxis, le costaba dinero ir a verlos.
