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miércoles, 21 de julio de 2021

Plácido

Una tarde pregunté a Plácido Fernández Vigas Bartolomé cómo era su padre. Me dijo que era muy honesto consigo mismo y con los demás. Siempre iba por las claras, por derecho, cosa que le perjudicaba a veces. - - ¿Supo elegir esposa? “Fenomenalmente. Cualquier otra mujer no le hubiera aguantado, porque era muy moro sin necesitarlo. Mi madre era la castellana típica, paciente, resistente y siempre en el hogar a pesar de tener estudios” 
- ¿Estaba enamorado de ella? “Hasta que murió mi padre no supe que hacía casi todos los años testamento ológrafo. Después de leer varios descubrí que eran pretextos para escribir en secreto cartas de amor a mi madre” 
- ¿Cómo se portaba con sus diez hijos? “A altas horas de la noche nos apretaba con dos dedos la nariz hasta que nos quejábamos. Esto le tranquilizaba porque era señal de que estábamos vivos.”

lunes, 11 de junio de 2012

Costumbres nocturnas de un presidente de la Junta de Andalucía

“Elisa, cuando yo haya fallecido, tienes que dirigirte a don… que es el habilitado de los juzgados. Tranquilízate, Elisa; no habrá problemas. Te van a quedar al mes…”
Así comenzaba el testamento ológrafo que hizo en 1963 Plácido Fernández Viagas cuando era magistrado en Cádiz, padre de diez hijos y sabedor de que si moría dejaba a la familia en la indigencia.
Hasta 1983, año en que falleció, no supo su hijo Plácido que su padre acostumbraba a hacer casi todos los años testamento ológrafo. Después de leer varios, descubrió que eran pretextos para escribir en secreto cartas de amor a su madre.
-¿Supo elegir esposa?
-Fenomenalmente. Cualquier otra mujer no le hubiera aguantado, porque era muy moro sin necesitarlo. Mi madre era la castellana típica, paciente, resistente y siempre en el hogar a pesar de tener estudios. Él era muy honesto consigo mismo y con los demás. Siempre iba por las claras, por derecho, cosa que le perjudicaba a veces. No tenía capacidad de engaño. En ocasiones era irónico y en otras, atormentado.
-¿Una costumbre de tu padre?
-A altas horas de la noche nos apretaba con dos dedos la nariz hasta que nos quejábamos. Esto le tranquilizaba porque era señal de que estábamos vivos. Antes había revisado los interruptores de la luz, el cerrojo de la puerta y las ventanas. A veces los mayores, cuando estábamos despiertos, aguantábamos hasta el máximo el apretón de sus dedos en la nariz para que pensara que no estábamos vivos. Se ponía nervioso y no paraba hasta que se daba cuenta de que todavía respirábamos.